LAS CONSTITUCIONES.
La elaboración de la Constitución Política de 1925 marca un hito en la organización del Estado y la sociedad en Chile. A lo largo del proceso, la gran mayoría de las fuerzas organizadas, movimientos sociales, gremios profesionales, sindicatos obreros, fuerzas armadas y partidos políticos de todas las tendencias, se movilizaron para participar y presentar sus propuestas; el conjunto de la sociedad intentó expresar, de una forma o de otra, su idea acerca del tipo de carta fundamental que debía regir el porvenir de la república.
Habría que intentar dar cuenta, aún brevemente, de la importancia otorgada a este cuerpo legal, en una sociedad en que vastos sectores habían sido excluidos o se habían mantenido alejados de la actividad política institucional. Y es que la Constitución Política es el emblema más claro de la república burguesa y liberal, nacida del derrumbe definitivo del orden feudal en la segunda mitad del siglo XVIII. A diferencia del antiguo orden, que encontraba su legitimidad en el origen divino de la soberanía del monarca, la república se funda sobre la base del pacto social; este acuerdo hace radicar la soberanía en los ciudadanos, que renuncian a algunos de sus derechos a favor de un gobierno dotado de facultades para velar por el bien común. Este pacto se expresa en un acuerdo o ley fundamental, la Constitución de la República.
Desde la primera constitución escrita que conocemos, la Constitución de los Estados Unidos, aprobada en 1776, aún antes de la Revolución Francesa, en ellas se garantizan los derechos de los individuos frente al poder del Estado y se establecen los deberes del Estado ante el conjunto de la sociedad. Es en relación a los objetivos y límites que ella fija que se deben medir y evaluar todas las leyes y acciones de los ciudadanos y del gobierno de ahí en adelante. Por eso, la renovación de la Carta Fundamental es el momento en que el conjunto de los derechos vuelven a la nación para ser reconsiderados. Es, en suma, un momento fundacional, o refundacional, del Estado y del pacto social entre los ciudadanos que lo fundamenta.
DIVERSAS CONSTITUCIONES.
El momento en que se pone en el centro de las preocupaciones de la república la discusión de la norma fundamental, es el momento político por excelencia, nos dice Alejandra Castillo : “Distorsión y torsión de la política por la irrupción de una “parte no parte” que exige, mediante la toma de palabra su reconocimiento en la estructura universal de la ley”.
Sin embargo, este episodio fundamental de nuestra vida republicana sigue rodeado de misterio, aún después de leer los relatos y análisis elaborados por los representantes de los más diversos sectores. Un proceso largo de desacreditación, progresiva y sistemática de “las clases políticas civil y militar”, que se remonta al “desencanto de los artesanos de mediados del siglo XIX frente al efímero desarrollismo populista de los políticos liberales”, nos dice don Gabriel Salazar .
“En ese mismo semestre”, nos dice Gonzalo Vial, desde la óptica historiográfica contraria, reduciendo en el tiempo y en la autoría la génesis de la Carta, “el “León” cumplió una obra titánica: producir intelectualmente y hacer aprobar una nueva Constitución…contra una oposición casi unánime del stablishment político.”
Esta visión heroica de la Historia, de los grandes hombres que transforman sus circunstancias por obra de sus extraordinarias capacidades, ha sido más de una vez desmentida por los hechos. Nadie negará el carisma y la fuerza de voluntad de don Arturo Alessandri, ni sus habilidades para tejer alianzas políticas; pero sin duda la causa de una decisión tan difícil y arriesgada, como es poner en cuestión las bases mismas del ordenamiento constitucional, debe estar en elementos más profundos y trascendentes que la voluntad del líder.
ALGUNOS ANTECEDENTES.
Quizás sería útil levantar la mirada más allá de las fronteras, o el contexto construido a lo largo de los años previos, sin ir tan lejos, quizás, como el maestro Salazar. La década del 20 está marcada por al menos tres fenómenos de gran trascendencia, íntimamente entrelazados: El término de la “Gran Guerra”, la Primera Guerra Mundial, el fin previsible del ciclo del salitre, tras la aparición del producto sintético en Alemania, y la Revolución Rusa.
El desarrollo de la guerra en Europa había alterado todos los mecanismos de reproducción del capital en el mundo. El tipo de mercaderías producidas hasta entonces debió dar paso a aquellas necesarias para el esfuerzo militar; los circuitos del comercio internacional se vieron alterados ante los riesgos que implicaba el transporte marítimo; extensos territorios, mercados cautivos y fuentes de materias primas para la industria europea, cambiaron de manos. La economía a nivel mundial comenzó a pasar por sucesivas crisis, que culminarían en 1929 con la caída de la Bolsa de Nueva York. Esta época marca el fin de un tipo de funcionamiento de la economía, el modelo liberal clásico, que no preveía elementos correctores externos para la economía; a partir de entonces, los estados comienzan a jugar un papel cada vez más importante en la conservación de los equilibrios económicos.
El salitre había sido para Chile lo que es actualmente el cobre, el origen de casi la mitad de los ingresos del estado. Sin embargo, el efecto combinado de las dificultades de transporte impuestas por al guerra y la introducción del salitre sintético, había provocado una violenta caída de las exportaciones entre 1915 y 1920, y desde entonces hasta el 25 se encontraban prácticamente estancadas en el nivel de ese último año. Aún tendrían un repunte entre 1925 y 1930, pro para el año 32 ya habían perdido gran parte de su relevancia para el comercio exterior chileno. Por supuesto, estos ciclos estaban en conocimiento de los capitalistas y gobernantes chilenos, lo que no quiere decir que tuvieran alguna capacidad de preverlos o de reaccionar en forma oportuna y adecuada a ellos. Lo que sí se generaba era un clima de inquietud e inestabilidad ante el estancamiento del gasto público, que había crecido a la par de las exportaciones, alimentando la economía interna.
Por último, las luchas sociales comenzadas a fines del siglo XIX no eran impermeables a los sucesos del exterior. Sobre todo entre los trabajadores del salitre, se había constituido un movimiento obrero fuerte y organizado, que ejercía su influjo sobre el resto del país; el aumento de la participación del Estado en la economía como resultado de los ingresos del salitre, se tradujo en un aumento del número de los empleados públicos, también fuertemente organizados, a los que se sumaban movimientos de artesanos, arrendatarios, el movimiento estudiantil y los primeros grupos feministas de alguna influencia. Este variado movimiento social había comenzado un nuevo ciclo de luchas, recuperándose de los efectos que había tenido la masacre de Iquique en 1907, y se veía fortalecido por la presencia de organizaciones políticas mejor organizadas y el ejemplo de la revolución de obreros, campesinos y soldados en Rusia.
Los trabajadores, los sindicatos y partidos chilenos tenían en ella un ejemplo y un modelo, la afirmación de que era posible tomar el poder y desplazar definitiva y totalmente a la burguesía. Para la burguesía, era una clara advertencia de los costos que podía tener una crisis política y económica como la que veían aproximarse, si era mal administrada. Probablemente, el exilio europeo del “León de Tarapacá” no sea ajeno a la importancia que él le dio al rediseño constitucional del país, ante el peligro conjunto de la crisis económica y la revolución social.
En ese contexto, nacional e internacional, en que eran tan importantes los hechos y las cifras concretas, como las expectativas y temores causados por el curso de los acontecimientos, observados, además, desde nuestro pequeño país dependiente, alejado de los centros de decisión de la época, es que hay que tratar de entender los orígenes y la forma en que se llega a la imposición de la nueva Constitución política de 1925.
GÉNESIS DE LA CONSTITUCIÓN.
Un capítulo totalmente aparte requeriría el estudio de la personalidad de don Arturo Alessandri Palma. Llamado “el Lenin chileno” por sectores de la derecha que veían en él a un demagogo peligroso, mientras que el movimiento social de las ciudades parecía adorarlo, sin que influyera en ello las masacres de trabajadores del salitre cometidas durante su mandato (San Gregorio en 1921, Marusia y La Coruña en 1925). Esa fabulosa capacidad de manipular a unos y a otros contribuye a crear la leyenda de su autoría, o por lo menos su influencia directa, en los sucesos previos y en el proceso de elaboración de la nueva Constitución.
Sin embargo, debemos recordar que no fue él, sino el movimiento militar que lo derroca y envía al exilio, el que pone en marcha el mecanismo de la renovación constitucional. Es la junta militar de septiembre de 1924 la que dicta una serie de decretos a favor de los trabajadores y convoca a una Asamblea Constituyente, la que nunca se hará. A pesar de la diversidad de miradas que nos proponen los historiadores que hemos leído, falta en ellos un análisis de lo que pensaban y esperaban los verdaderos dueños del poder y la riqueza, los industriales y banqueros del Club de la Unión, no los representantes enviados para defender sus intereses en el Congreso Nacional.
Salazar y Ortiz nos muestran un movimiento popular conciente, organizado y combativo, bastante lúcido para acordar una serie de principios constitucionales por sobre las diferencias que existían en su seno. Una variedad de grupos anarquista, movimientos propiamente sociales, como los arrendatarios, grupos feministas, el partido comunista y otros de tendencia socialista, todos participaron en la Asamblea de Asalariados e Intelectuales. Sin embargo, sólo los comunistas participan en la Comisión organizada desde la Presidencia de Alessandri, y ninguno de los tres autores menciona alguna contribución significativa de ellos a la discusión de la nueva Carta.
Desde el lado de los representantes del poder político, don Gonzalo Vial es quien nos cuenta con mayor detalle la variedad, ambigüedad y confusión de posiciones entre los representantes de la burguesía. Cuesta comprender, desde esta mirada, cómo se construye la alianza entre Alessandri y los militares que previamente lo habían derrocado, y cómo es que, en ese contexto, no se imponen las propuestas del movimiento popular, si no es observando lo que ocurre tras las bambalinas. Pero esa mirada nos está vedada.
Lo que podemos estimar, es que hay una suerte de acuerdo entre las partes en que lo que actualmente se denomina “clase política” venía en un continuo proceso de inadecuación y desprestigio. Probablemente, la sensación entre los magnates de la industria, el latifundio y la banca, fuera que los antiguos representantes parlamentarios, malacostumbrados, tras más de medio siglo de disputarse las fabulosas riquezas del salitre en nombre de su clase, no estuvieran en condiciones de enfrentar y superar un período en que la disputa política se trasladaba a un campo completamente diferente.
Necesitada de un poder fuerte y centralizado para enfrentar el difícil período que veían venir, e imposibilitada de alterar unilateralmente el ordenamiento político sin provocar una crisis de consecuencias imprevisibles, la oligarquía chilena, al parecer, optó por entregar los anillos para no perder los dedos, como se dice, y pactó con un caudillo demagógico, capaz de encantar o imponerse a todos los sectores, respaldándolo con la alta oficialidad del ejército, que nunca ha dejado de ser su argumento definitivo.
Del lado del pueblo, por el contrario, las expectativas creadas por la situación internacional y los avances logrados con los decretos laborales del movimiento militar del 24, no tenían relación con su capacidad política real; la clase obrera, columna vertebral alrededor de la cual debían articularse las demás fuerzas populares, seguía siendo escasa en número, concentrada fundamentalmente en las oficinas salitreras de la pampa nortina y duramente golpeada, justamente por el caudillo popular.
Tampoco la unidad manifestada en la redacción de los principios constitucionales en la Asamblea de marzo tuvo consecuencias para el conjunto del proceso. La participación de los comunistas en la Comisión propuesta por Alessandri, aunque no tuvo ninguna consecuencia práctica en la redacción de la constitución presidencialista, sirvió para legitimar la maniobra ante importantes sectores de la sociedad, dividiendo al movimiento popular ideológicamente disperso y dificultando cualquier intento de luchar contra ella o levantar una alternativa.
Una vez más, la burguesía había sacado las castañas del fuego con la mano del gato demagogo y la amenaza de la fuerza. Sería necesario otro medio siglo de luchas populares para poner nuevamente en jaque su poder, sólo que ésta vez el enfrentamiento se dio en un nivel mayor, que no dio espacio para maniobras demagógicas y el nuevo ordenamiento constitucional del Estado debió ser impuesta a sangre y fuego.
Casi 30 años después, comienzan a aparecer tímidos llamados a reformar la constitución pinochetista; la historia de Chile puede escribirse de Constitución en Constitución, lo que prueba que el valor de la carta fundamental no se restringe a un plano puramente jurídico y administrativo. Su valor simbólico como pacto fundacional de la nación la convierte en el elemento definitorio de la política, “el lugar de la universalidad propia a todo orden de representación”, como nos recuerda Alejandra Castillo.