ECOLOGÍAS DIVERSAS.
” El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de valores de uso, ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza del trabajo del hombre.”
Mientras existan hombres, la historia de la naturaleza y la historia de los hombres se condicionan mutuamente”.
Carlos Marx
El concepto de Ecología es, en realidad, un amplio campo conceptual. En él se encuentran los que intentan comprender la relación de la humanidad con el medio ambiente desde distintas disciplinas científicas, junto a los que lo sienten como un ámbito puramente espiritual y los que se comprometen con diversas causas locales o limitadas, la defensa de ciertas especies amenazadas, ciertos paisajes prístinos.
Un campo tan extenso, en que se puede llegar con enfoques económicos, sociales, religiosos y culturales tan diversos es, por definición, un campo de relaciones sociales. En él, salvo los pocos ecologistas que se limitan a actitudes individuales, la mayoría viene con proyectos y propuestas de transformación social que, a su modo de ver, cumplen mejor con la exigencia de considerar el cuidado del medio ambiente como parte del desarrollo humano. Es así como la Ecología se convierte en un ámbito más de la lucha política.
Dominante hasta ahora es el enfoque conservador, y utilitario, de las relaciones del hombre con la Naturaleza; éste enfoque se perpetua en los acuerdos de las grandes potencias frente a la evidente crisis medioambiental que vivimos. Ante la imposibilidad de seguir ignorando la situación, comienzan también a aparecer las propuestas tecnocráticas de ciertos gobiernos y organizaciones no gubernamentales, que instalan comisiones o crean instancias especializadas para considerar el impacto ambiental de las actividades humanas, particularmente aquellas de tipo industrial.
La gran ausente en toda esta discusiones es la voz de los países más pobres y los sectores de menores ingresos, generalmente los más afectados por las consecuencias ambientales del crecimiento a cualquier costo. En algunos casos callan por simple desconocimiento de las consecuencias, para la vida humana, de los daños al medio ambiente; en otros, por no tener la fuerza para oponerse a los proyectos dañinos. En la mayoría de los caso, se mantienen al margen porque sus capacidades de movilización se emplean en objetivos más inmediatos y urgentes, como la simple supervivencia.
En ese vacío, se impone como la única Ecología posible una de tipo liberal supuestamente progresista, que busca combatir los peores exceso del sistema sin poner en cuestión sus fundamentos. Es la Ecología que nos advierte del peligro para la vida en la tierra y la necesidad de salvar el planeta que todos compartimos. Es la que nos propone con carácter de urgencia dejar de usar bolsas plásticas, o cambiar nuestras ampolletas por unas de mejor tecnología, mientras siguen los estudios para la construcción de centrales nucleares o se mantiene un sistema de transporte público deficiente, que promueve el aumento del transporte privado..
Pero si este tipo de política ecológica nos parece insuficiente, en algunos casos incluso irrelevante, entonces surge la pregunta por una verdadera política de izquierda ante el desastre ecológico. Porque la crisis ecológica existe, y es una amenaza real para los sectores sociales que la izquierda pretende representar. El que esos propios sectores desconozcan la amenaza que los afecta, o que no tengan la capacidad de enfrentarla en lo inmediato, no hace sino aumentar la responsabilidad de quienes están más informados.
De la manera que hasta ahora los medios de comunicación tratan el problema ambiental, lo convierten en una amenaza vaga, de infinitas manifestaciones, en que todos somos un poquito responsables y cada uno, en su propio cotidiano, debería tratar de ayudar a resolver. Habría que, entonces, comenzar por precisar el problema y separar las variables fundamentales de aquellas más episódicas. Debemos afirmar que la crisis ecológica que nos amenaza no es un desastre natural e inevitable. Es una consecuencia de un modelo económico egoísta e irresponsable, de decisiones tomadas por personas informadas de las consecuencias de sus actos.
No se trata sólo de una amenaza al planeta y a la vida sobre la Tierra en algún futuro, más próximo o más lejano. Desde los tiempos en que la humanidad vivía bajo la amenaza de una guerra nuclear entre las grandes potencias, sabemos que, incluso en ese caso extremo, la Tierra, y la vida sobre ella, continuaría existiendo, aún sin la humanidad; tal vez como insectos, bacterias y otras formas similares, pero habría vida. El desastre ecológico se trata de la vida de millones de seres humanos, que hasta ayer, hasta hoy, estaban vivos y ya no lo están más, o sobreviven en condiciones miserables, se trata de los millones que seguirán sufriendo mientras el sistema no cambie.
Una ecología humanista, de izquierda, es, entonces, una ecología que se preocupe de la humanidad, en el doble sentido de la especie humana y en el de poner en el centro de las decisiones colectivas el interés de los seres humanos reales y concretos.
ECOLOGÍA LIBERAL.
El año 1998 fue creado el panel intergubernamental para el cambio climático, más conocido por su siglas en inglés, IPCC; debería ser un cuerpo científico, convocado por la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Desde entonces se ha convertido en una autoridad mundial, que ha publicado cuatro informes generales y una serie de investigaciones parciales. Del conjunto, queda absolutamente claro que la humanidad enfrenta una crisis de grandes proporciones, a causa de los cambios climáticos originados, sin ninguna duda, por las actividades humanas, crisis que debería ser enfrentada con una serie de medidas urgentes, que el mismo panel propone.
Veinte años después de comenzados estos estudios y con cuatro informes publicados, en la reunión de G-8 (el grupo de los 8 países más industrializados del mundo), de comienzos de 2007, el máximo acuerdo que se logró fue el siguiente:
“Estamos determinados a realizar claras y decididas acciones para frenar el cambio climático, en orden a estabilizar las concentraciones de gases de efecto invernadero en un nivel que debería prevenir peligrosas interferencias de origen humano con el sistema climático.
Tomando en cuenta el conocimiento científico representado en el reciente informe del IPCC, las emisiones de gases de efecto invernadero deben dejar de crecer, para continuar con sustanciales reducciones de las emisiones globales.
Al definir una meta para la reducción de emisiones, en este proceso que incluye todos los mayores emisores, consideraremos seriamente las decisiones tomadas por la Unión Europea, Canadá y Japón, que incluye reducir, al menos a la mitad, las emisiones globales para 2050”.
Es decir, después de una vaga declaración de intenciones acerca de uno de los más graves problemas ambientales existentes, lo más que los países ricos están dispuestos a hacer es reducir a la mitad las emisiones para dentro de cuarenta años. Parece una broma estúpida, pero es la dolorosa realidad. Lo que se nos está diciendo es que no están dispuestos a reducir sus niveles de consumo o enriquecimiento, aunque el mundo entero reviente.
No se puede decir que no están informados, o que no tienen alternativas. Podrían haber escuchado, por ejemplo, a alguien tan poco sospechoso de ser un activista radical como Al Gore , ex vicepresidente de los Estados Unidos, ganador, junto con el IPCC, del Premio Nóbel de la Paz ese mismo año 2007, por su película “Una Verdad Inconveniente”; en la fundamentación del premio, se dice que se le otorga por ”sus esfuerzos por instalar y difundir una mejor comprensión del cambio climático causado por el hombre, y sentar las bases de las medidas necesarias para contrarrestar ese cambio”. Tan en serio se toma la propuesta de Al Gore que en algunos países, como Gran Bretaña, su película se distribuye en los colegios.
Su película se limita apenas a los efectos del dióxido de carbono (CO2), una de las moléculas causantes del llamado “efecto invernadero”, y no plantea la menor alteración del actual modelo neoliberal de explotación económica de la Naturaleza y de la humanidad,. Sin embargo, tiene el valor de haber llamado la atención sobre el problema del cambio climático en su país, el principal depredador de recursos y contaminador del medio ambiente en la actualidad.
Al Gore hace una buena demostración de los efectos del calentamiento global y nos advierte de los riesgos para el planeta, que es una manera de no decir que los riesgos no son los mismos si uno vive en un país pobre o en uno rico, ni tampoco son los mismos si uno es pobre o rico dentro de cada país. No hay una palabra en ella para la necesidad de cambios estructurales, sino una serie de pequeñas medidas individuales que nos alejarían de la catástrofe. Incluso, se afirma que es la misma industria la que puede, a través del desarrollo de nuevas tecnologías, contribuir al cuidado del medio ambiente.
Entre las medidas que nos propone, figura en primer lugar el cambio de hábitos en el uso de las nuevas tecnologías, ya que, por sus características, ellas multiplican el impacto humano en la naturaleza. Otras medidas son, tal vez, pertinentes en los Estados Unidos, pero demuestran que Al Gore no tiene la menor idea cómo funcionan las “democracias” impuestas en el resto del mundo: Nos invita a firmar peticiones y solicitudes a nuestros representantes en los Parlamentos …
Las principales acciones que propone son cambios en los hábitos de consumo, como el uso de termostatos, ampolletas de ahorro de energía, comprar productos frescos en lugar de congelados, orgánicos en lugar de tratados con fertilizantes, etc. Nuevamente, uno se pregunta por la factibilidad de estas medidas para los pobres de los países dependientes, que ganan, con suerte cuando tienen trabajo, apenas lo necesario para sobrevivir. Ni una palabra sobre las abismantes diferencias de ingreso y de consumo entre los países ricos y pobres, o alguna medida real para acortar esta brecha; ninguna medida que contemple la organización y participación colectiva de los sectores más afectados, ni una medida que toque los sacrosantos intereses del gran capital.
Sobre la responsabilidad que se le atribuye en la película al crecimiento demográfico, mayor en los países pobres, es mejor no profundizar. Tanto porque es una manera de culpar a la víctima, como porque no queremos imaginar la solución que se le puede dar, en el corto plazo, al exceso de población. Tenemos suficientes experiencias históricas de eliminación de poblaciones indeseables como para no considerar con un poco de temor las consecuencias de este razonamiento del “progresista y ecológico” Al Gore.
MARXISMO Y NATURALEZA.
Por supuesto, no intentaremos demostrar aquí que en los escritos de Marx y Engels se encuentran las respuestas a problemas que aún no se conocían en su tiempo. Más que recetas y soluciones, lo que estos pensadores nos legaron es un método de analizar la realidad, una éticas de las relaciones de los seres humanos entre si y, como intentaremos demostrar, una ética de las relaciones de los seres humanos con la Naturaleza.
Marx dice en “La Ideología Alemana”: “Se puede considerar la historia desde dos puntos de vista, dividiéndola en historia de la naturaleza e historia de los hombres. Sin embargo, no debemos dividir estos dos aspectos. Mientras existan hombres, la historia de la naturaleza y la historia de los hombres se condicionan mutuamente” . Aunque, claro, el condicionamiento de la Naturaleza por los hombres es mucho más activo, ya que la producción es “apropiación de la naturaleza a manos del individuo en el seno de una forma social determinada y mediante ella”; “La naturaleza se transforma en puro objeto para el hombre, en pura cosa utilitaria; deja de ser reconocida en tanto potencia para sí. Y el mismo conocimiento teórico de sus leyes autónomas aparece solamente como argucia para someterla a sus propias necesidades, sea como objeto de consumo o como vehículo de producción” .
Las palabras de Marx y Engels pueden sonarnos premonitorias sólo si consideramos los desastres medio ambientales como una consecuencia de la intensidad, aportada por la moderna tecnología, en la explotación del medio ambiente natural. Pero en realidad sus conclusiones surgen de un análisis de la historia, no de un intento metafísico de adivinar el porvenir. En una época en que la burguesía triunfante creía haber descubierto el secreto del control sobre el mundo natural, Engels nos advierte:
“… no nos dejemos llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de estas victorias, la naturaleza toma su venganza. Bien es verdad que las primeras consecuencias de estas victorias son las previstas por nosotros, pero en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuencias muy distintas, totalmente imprevistas y que, a menudo, anulan las primeras. Los hombres que en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones talaban los bosques para obtener tierra de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar con los bosques los centros de acumulación y reserva de humedad, estaban sentando las bases de la actual aridez de esas tierras. Los italianos de los Alpes, que talaron en las laderas meridionales los bosques de pinos, conservados con tanto celo en las laderas septentrionales, no tenía idea de que con ello destruían las raíces de la industria lechera en su región; y mucho menos podían prever que, al proceder así, dejaban la mayor parte del año sin agua sus fuentes de montaña, con lo que les permitían, al llegar el período de las lluvias, vomitar con tanta mayor furia sus torrentes sobre la planicie. Los que difundieron el cultivo de la patata en Europa no sabían que con este tubérculo farináceo difundían a la vez la escrofulosis. Así, a cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas adecuadamente.”
En estas últimas frases encontramos la esencia de la concepción marxista de las relaciones de la especie humana con la naturaleza así como la base sobre la cual construir una política marxista para el medio ambiente y frente al desastre ecológico generalizado que enfrentamos: “nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno”. Por lo tanto no podemos tratarla como si fuera un mecanismo con una pieza descompuesta. Somos parte de los procesos vivos de la Naturaleza y, por lo tanto debemos lograr un desarrollo armonioso de todos sus elementos, o arriesgarnos a perecer en el reordenamiento a que la estamos obligando.
Lamentablemente, la respuesta de izquierda ya no es tan simple como lo hubiera sido hace algunos años. El socialismo, tal como fue puesto en práctica en el mundo durante el siglo XX, demostró ser tan capaz como el capitalismo de provocar desastres ecológicos. Aún hoy, el gobierno chino, en nombre de un socialismo mezclado de capital y gran empresa, es responsable de gran parte del desastre medioambiental que estamos viviendo. La lógica productivista de ambos sistemas, que identifica el bienestar humano con una mayor cantidad de mercancías disponibles, es incapaz de asegurar el respeto al medio ambiente ni su conservación para las generaciones futuras.
Evidentemente, no es éste el lugar para hacerlo, pero la necesidad de enfrentar el desastre ecológico que nos amenaza, y la supervivencia misma de la Humanidad, nos obliga a pensar en un nuevo ordenamiento social, político y económico, que recoja lo mejor de la tradición humanista socialista, pero que tenga como finalidad última la realización plena del conjunto de la Humanidad y no la simple acumulación de bienes.