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Jul
08

COMENTARIO A UNA DEFINICIÓN DE LA HISTORIA

“La economía colonial tenía tres bases: La agricultura, la minería y el comercio. La mayor riqueza venía de la explotación de las minas de oro y plata, como la de Potosí en Bolivia y la de Zacatecas en México. Los cultivos de algodón y los ingenios de azúcar también fueron de gran importancia, especialmente en el Caribe y Brasil. Los españoles y los criollos eran los propietarios y administradores de las tierras, mientras que los indígenas y los esclavos africanos eran la mano de obra, tanto en las minas como en los cultivos agrícolas. Era típico de los colonos españoles considerar indigno el trabajo físico, como lo declaró Hernán Cortés al llegar a América: “No he venido a arar la tierra como si fuera un campesino”. Esta tradición de mantener una minoría privilegiada en el poder político y una mayoría pobre dedicada al trabajo agrícola y manual está todavía hoy arraigada en la organización social de la mayoría de los países latinoamericanos.”
(Enrique Yepes, “Historia de América”, 2001)

INTRODUCCIÓN.
Se podría decir que don Enrique Yepes ha realizado un brillante esfuerzo, al resumir tres siglos de historia de un continente en apenas un largo párrafo. En él enumera los elementos básicos de la economía junto a las relaciones sociales que sobre ella se tejen, define rasgos característicos del espíritu de los conquistadores y colonizadores, y en ellos encuentra las raíces de la constitución y problemas actuales de nuestros países.
Como toda afirmación positiva de conocimiento, nos deja con la impresión de que ya está todo dicho, y poco más podemos agregar, que pueda aumentar nuestra comprensión de esta extensa y compleja época. La pregunta directa sobre la veracidad de sus afirmaciones nos llevaría a una estéril, desde el punto de vista de la Historia, confrontación con su percepción personal; lo que él afirma es, sin duda, verdadero, y no tiene sentido enfrentarse a hechos establecidos de larga data.
La pregunta legítima, y que mantiene viva su urgencia ante cada evento histórico, es el porqué de las formas que él toma, qué influencias, de todas las presentes en su génesis, fueron esenciales a su desarrollo y cuáles tuvieron sólo un rol secundario. En un segundo momento, se plantea la cuestión – esencial pues es la que da todo su sentido a la investigación histórica – acerca de qué componentes del hecho histórico han ejercido una influencia decisiva en la forma del presente y cuáles pueden quedar en el registro de la anécdota; dicho esto sin menospreciar este componente del relato, que ilumina y grafica las grandes tendencias que el historiador intenta articular.

FACTORÍA O COLONIA.
Quizás podríamos comenzar preguntándonos, en primer lugar, porqué hubo una colonia y una economía colonial. Es raro, si existe, el evento histórico que se pueda considerar determinado e inevitable desde su origen. Mucho antes que los españoles llegaran a América, los portugueses tenían una línea de factorías comerciales a lo largo de la costa africana y el Océano Índico; llegaron incluso a participar en conflictos internos y guerras locales en los países en los cuales se instalaron, pero no crearon nada parecido al imperio español:
“Albuquerque nunca cargó con la responsabilidad y gasto de adquisiciones territoriales a menos que ellas contribuyeran directamente a las necesidades de la flota. En todos los puertos poseídos por los portugueses, los lugares de las fortalezas estaban aparte y contenían los arsenales, depósitos, cuarteles y las habitaciones de los residentes europeos” .
Las instrucciones de Colón para su primer viaje apuntaban más a la instalación de una factoría en el estilo portugués, desde la cual comerciar con los habitantes de las nuevas tierras, intercambiando sus soñadas riqueza por las manufacturas europeas, que a la ocupación y colonización de un continente:
“Item, que todas y cualesquiera mercaderías, siquier sean perlas preciosas, oro o plata, especiería y otras cualesquier cosas y mercaderías de cualquier especie, nombre y manera que sean que se compraren, trocaren, hallaren, ganaren y hubieren dentro de los límites del dicho almirantazgo, que desde ahora Vuestras Altezas hacen merced al dicho D. Cristóbal, y quieren que haya y lleve para sí la décima parte de todo ello” .
Nada se dice en las Capitulaciones acerca de la instalación de colonias, ni otras actividades fuera de las propiamente comerciales. Habría que ponerse en el lugar de estos “descubridores”, al no encontrar ni India ni Catay, sino sólo algunas islas pequeñas y pobres, desde su punto de vista. Lo menos que podemos decir es que supieron adaptarse y sacar provecho de lo que su dios o su fortuna pusieron en su camino.
Colón había demostrado ya con creces ser un hábil comerciante y negociador. Desde el primer informe sobre su viaje, destaca lo único que podía destacar en esos momentos, la docilidad y buen aspecto de los indígenas encontrados, la perspectiva de pueblos que cristianizar y manos para hacer trabajar. Si lograba vender esta idea, tendría al menos una tierra que justificara sus títulos, además de una base avanzada y mejor preparada, desde la cual continuar la búsqueda del paso a las Indias y las riquezas tan deseadas.
Tal vez podamos ver en este accidente histórico el origen de la construcción de un imperio colonial español; habría que agregarle, ciertamente, algunas características propias de la sociedad ibérica de fines de la Edad Media: Una sociedad que venía saliendo de siglos de guerra (de tres a ocho siglos, según las regiones), encuentra en esas nuevas tierras el espacio y la razón para mantener el espíritu de cruzada que le dio la cohesión y la fuerza para constituirse. “La Reconquista” se nos dice que fue “Una empresa de colonización permanente, a la vez que una guerra santa. La sociedad medieval española se fundó sobre esa necesidad de expansión, y sobre ese impulso de fe” .
Pero ese espíritu de cruzada no es una característica peculiar de los nativos de España, sino que encuentra su origen en algunos factores materiales de su desarrollo: “un país pobre y de población creciente”, nos dice el mismo autor , y en el que la guerra y la costumbre del mayorazgo había originado un amplio segmento social ”que no tiene razón de ser más que en el combate ”: Hidalgos e hijos menores de las grandes familias, serán quienes “constituirán los ejércitos de Flandes y de Italia, quienes realizarán la “Conquista” de las Indias” .
Una población pobre, creciente, aventurera, y una tierra enorme , inexplorada, en que no se encuentran poderosos imperios guerreros como los que dominan Tierra Santa o la India. Una época histórica en que, a pesar de todos los avances del mercantilismo, aún la honra y la riqueza se vinculan a la posesión de tierras y siervos para trabajarlas. He aquí, probablemente, los elementos constitutivos del impulso colonizador de España en América.

CONQUISTA Y COLONIZACIÓN.
Cuando todos esos elementos estuvieron reunidos, el asunto ya no era si colonizar o no, sino las formas que debería tener la ocupación permanente de las nuevas tierras, las normas que deberían seguir los hombres y mujeres que a ella vinieran. Tratándose de situaciones nuevas y territorios desconocidos, la institucionalidad española en América no fue establecida de una sola vez, sino que pasó por un proceso de desarrollo y experimentación que condujo a tres siglos de una estable sociedad.
Durante todo ese período se mantuvo una característica fundamental de la legalidad española, el predominio absoluto de la voluntad real; con tanta más razón que éstas eran propiedad exclusiva de las coronas de Castilla y de León, por concesión del Papa Alejandro VI a través de Bula Inter Caetera, de 4 de mayo de 1493, pero el viaje de Colón fue realizado con financiamiento personal de la reina de Castilla, que aseguró así para su trono el disfrute de lo encontrado. “En los siglos XV y XVI, el gobierno de Castilla se iba convirtiendo rápidamente en una monarquía patrimonial absoluta”, se nos dice , “Toda ley emanaba del Estado. Y en España, (. . .) el rey se convirtió en el único beneficiario de los nuevos conceptos políticos.” .
Por supuesto, la aplicación de esas normas en las nuevas tierras fue aún más fácil, considerando que los primeros en venir a ellas no fueron los grandes nobles y poderosos señores, sino soldados, aventureros y comerciantes en búsqueda de una fortuna que hasta entonces no tenían, ni se reconocieron normas o jurisdicciones anteriores de sus habitantes originarios. América era “una tabula rasa sobre la cual los soberanos españoles podían imprimir su propia concepción de la aristocracia real” .
Aunque no se viera en la necesidad de justificar sus actos ante las sociedades precolombinas ni ante sus propios súbditos, la corona de España estaba preocupada de otros imperios que sí podían cuestionar sus derechos. Por eso, otra característica permanente desde el origen de la dominación castellana, es la de respaldar cada paso que diera con un documento jurídico que lo legitimara. Desde las bulas papales para respaldar su derecho a la ocupación de las nuevas tierras, pasando por el Requerimiento que se suponía debían conocer los indios antes de aceptar el dominio español, hasta la confirmación real del último funcionario durante los tres siglos de la colonia.
Tras un breve, considerando las distancias y la lentitud de las comunicaciones de la época, período de experimentación y conflictos, ya la corona definía normas y principios que regirían durante los tres siglos siguientes. En septiembre de 1501, Nicolás de Ovando fue designado gobernador con amplios poderes sobre los nuevos territorios y establecía “principios de gobierno que se cumplirían durante tres siglos de administración colonial.” Con las autorizaciones para la prospección minera, el trato con los nativos, el régimen tributario y las normas sobre evangelización, las bases de la economía colonial quedaban establecidas.
Para esas alturas, la corona había comprendido que el oro y las riquezas existían, pero no estaban en manos de una sociedad dispuesta a intercambiarlas por otras mercancías; había que ir y sacarlas de la tierra, lo que exigiría tiempo y trabajo, para lo cual era esencial la colaboración de la población nativa. No sólo porque los pequeños nobles castellanos consideraban indigno ensuciar sus manos, sino porque había, en primer lugar, que saber dónde buscar; para explotar las minas no habrían suficientes brazos, aún bien dispuestos, entre los españoles, y enseguida, sacar y transportar esa riqueza bajo constante hostilidad no habría sido rentable. Tampoco el cultivo de la tierra y el aprovechamiento de los novedosos productos de la agricultura tropical podría hacerse sin la participación o en contra de la voluntad de la población local.
Así pues, se constituye todo un sistema económico articulado, que explotaría las enormes riquezas naturales de América para provecho de la corona de Castilla:
“La colonización se orientó esencialmente hacia la constitución de sistemas productivos destinados a abastecer el mercado europeo con metales precisos y productos tropicales (alimentos de lujo, materias primas). Se crearon diversos núcleos exportadores y a su alrededor se articularon en seguida otras zonas productivas, subsidiarias, secundarias o marginales” .
Este sistema se componía básicamente de una red de ciudades, “centros de control para las incursiones en busca de mano de obra indígena y tributos” y para la “implantación de una jurisdicción” . Junto a ellas, pronto se encontraría la red de yacimientos mineros que serían la fuente de las mayores riquezas: “El saqueo de los tesoros indígenas y el oro de aluvión dio paso, a mediados del siglo XVI, a la minería del oro y, sobre todo, de la plata. No es exagerado afirmar que todo el sistema imperial español estuvo volcado hacia la producción, el transporte y la protección de la plata” . En la década de 1530 se habían descubierto ya los principales yacimientos en México y Nueva Granada, y entre 1540 y 1555 los de Chile y Perú, incluyendo el mayor de todos, Potosí en 1545.
Es vinculada a ellas que comienza la explotación agrícola y ganadera en gran escala: “Las grandes haciendas parecen haberse desarrollado como unidades integradas dentro de los mercados de las áreas circundantes de los centros mineros y político-administrativos” . Se crea así un doble circuito económico, uno de plata y otros productos propios del suelo americano hacia España, complementado con el ingreso de manufacturas de origen europeo a América; el otro, interno, de productos alimenticios, textiles y artesanales, de regiones cercanas hacia los yacimientos mineros y las grandes ciudades, a cambio de plata y productos importados, que con más facilidad se obtenían en esos centros.
Claro que este intercambio no era equitativo,”España recibe mucho más de lo que envía”, se nos afirma, citando los estudios de Álvaro Jara en que compara las curvas de exportación de plata americana con las de retorno de manufacturas europeas . Tampoco internamente en América era un negocio equitativo, “Se trató desde el principio de un negocio concentrado en pocas manos” .

CONCLUSIÓN.
Nada hemos encontrado en esta breve revisión de textos que nos lleve a cuestionar la descripción que don Enrique Yepes hace de la economía y la sociedad latinoamericana colonial. Pero tampoco encontramos en ellos elementos que nos permitan sostener que fuera una peculiaridad del carácter español el “considerar indigno el trabajo físico”, o una “tradición” el mantener una extremadamente desigual distribución del poder y la riqueza. Nada nos impide pensar que, enfrentados a circunstancias diferentes, los españoles no se hubieran puesto al trabajo duro con la misma energía y decisión que habían puesto en su guerra contra los árabes.
Pero las circunstancias fueron lo que fueron, y la superioridad tecnológica, experiencia militar y diferente resistencia a las enfermedades, permitieron a los escasos españoles llegados a América dominar, diezmar y someter a las poblaciones locales. Durante tres siglos impusieron, por la fuerza que les daba ese conjunto de superioridades, un modo de explotación de las riquezas tremendamente injusto, y una legislación e institucionalidad que cautelara esa desigualdad.
Cuando se produce la independencia de América Latina, quienes dirigen el proceso no son los sectores sometidos y explotados por el dominio español, sino un parte de los mismos beneficiarios del sistema, que se sentían perjudicados en el reparto de la riqueza extraída por las manos de indios y negros. Ellos están dispuestos a morir por la separación de España, pero no están dispuestos a cambiar las relaciones sociales viejas de tres siglos en las nacientes repúblicas. Menos de dos siglos después de esa independencia, la tensión sigue siendo similar, entre quienes se apropiaron de todo por la fuerza y quienes lo perdieron todo y nunca pudieron decidir.


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