Archivos para Julio 2008

22
Jul
08

NOCIONES SOBRE LIBERALISMO

Cuando hablamos de Liberalismo hablamos de un concepto complejo, determinado por la época y la sociedad en que se origina, y modificado por el devenir histórico de las formaciones sociales a las que se fue aplicando.
En su formulación inicial, el Liberalismo no es aún la completa doctrina, filosófica, social, política y económica que pretende ser en la actualidad. Originada como reacción a la doctrina absolutista de las monarquías europeas, apunta fundamentalmente a establecer salvaguardias a la libertad personal frente al poder del Estado. Sus orígenes más remotos se encuentran entre los seguidores de Oliver Cromwell (Inglaterra, 1599-1658), quienes plantean una comunidad política compuesta de personas libres y racionales, que comparten una serie de derechos fundamentales, como la libertad de religión, de expresión, de asociación y de propiedad.
En una sociedad de este tipo, necesariamente el gobierno deberá organizarse sobre la base de un consentimiento libremente expresado por los gobernados; ya no puede ser más paternalista ni absoluto, como en las monarquías, sino que limitado por la ley para proteger los derechos individuales.
Esta formulación básica es posteriormente desarrollada por una serie de autores, que van delineando sus características actuales. A partir de 1789, con la aprobación de la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica y la Revolución Francesa, los principios políticos del Liberalismo comienzan a ser aplicados al gobierno de las naciones. Dos principios fundamentales estructuran la doctrina política liberal: Que la soberanía reside en el pueblo y que existen un conjunto de derechos inherentes al Ser Humano.
En la Declaración de Independencia de los Estados Unidos ya se habían establecido los derechos individuales: todos los hombres tienen igual categoría ante el cuerpo político de la sociedad; todos poseen ciertos derechos inalienables, como el derecho a la vida, a la libertad y a alcanzar la felicidad. Existen, sin embargo, algunos derechos alienables, que permiten formar el gobierno: El derecho a regular las relaciones de los hombres entre sí, o entre ellos y el Estado. Se establece que la finalidad del gobierno es la protección de los derechos inalienables, y por lo mismo se reconoce el derecho a rebelarse contra un gobierno que no lo cumpla.
El liberalismo económico, por otra parte, surge en estrecha relación con el conjunto de principios políticos antes mencionado; al punto que se puede afirmar que el Estado liberal se caracteriza simultáneamente por el gobierno representativo, por la soberanía popular y por la economía capitalista. El Liberalismo económico plantea que el mayor crecimiento económico se logra con que cada individuo participe libremente en la actividad económica, buscando su propio beneficio personal; la “mano invisible” del mercado hará que este conjunto de impulsos egoístas se traduzca en un funcionamiento económico óptimo para el conjunto: “Cuando uno trabaja para sí mismo sirve a la sociedad con más eficacia que si trabaja para el interés social” afirma Adam Smith (Inglaterra, 1723-1790), a quien se considera el primer pensador en establecer las leyes del crecimiento económico liberal.
El mercado, por sí mismo, encontrará un punto de equilibrio que dará satisfacción a todos los participantes, sin necesidad de ningún tipo de intervención del Estado. El rol de éste se debe limitar a crear y mantener las condiciones que permitan el libre juego de la oferta y la demanda de bienes y servicios. En general, para los liberales, el Estado debería entregar seguridad a todos los ciudadanos, mantener el orden social y brindar justicia cuando éste se rompe de alguna forma.

LA CONSTRUCCIÓN HISTÓRICA DEL CONCEPTO.

La construcción de la historia del Liberalismo, como toda construcción histórica, estará determinada por la mirada de quien se aboque a esa tarea. Así también lo estará la definición de sus ámbitos y conceptos. Para algunos, la noción de Liberalismo es, ante todo, una moral individual, la moral que reúne libertad y responsabilidad en un solo conjunto de normas de vida; como corolario de su aplicación, el Liberalismo se desarrolla en una doctrina de la vida en sociedad. Para los sostenedores de esta posición, tanto el liberalismo económico como el político serían sólo una consecuencia lógica de la aplicación en esos ámbitos de este conjunto de normas morales.
Para otros estudiosos, por el contrario, el Liberalismo es la ideología que legitima y defiende los interese de los comerciantes y empresarios contra las exacciones y límites que le imponía una clase aristocrática que ellos consideraban improductiva e inútil. Sólo como resultado de su desarrollo en la lucha contra los defensores del orden feudal y absolutista, el Liberalismo habría comenzado a ampliar sus significados hasta incluir la moral individual y las relaciones sociales más allá de los campos específicamente políticos y económicos.
La prueba de esta afirmación, para los críticos del Liberalismo, es que éste se convirtió en la ideología de una sociedad tan desigual y estamentaria como el orden feudal, contra el cual se formó combatiendo; grandes comerciantes, industriales y financistas levantan la bandera de la libertad y la iniciativa privada para defender su derecho a explotar y oprimir amplios sectores de la población, que no cuentan más que con su fuerza de trabajo para sobrevivir en la sociedad. Cualquier intento de limitar sus privilegios lo consideran un atentado contra las libertades más fundamentales y la subversión de un orden que se estima óptimo, no sólo en los ámbitos político y económico, sino en todos los campos de la vida en sociedad.
Efectivamente, ya sea que estemos a favor de una u otra interpretación del Liberalismo, debemos reconocer que, en la actualidad, ya no es sólo una doctrina política o económica, sino que se amplifica como una filosofía social que abarca los más diversos ámbitos. En efecto, el principio de la libertad de acción y elección puede extenderse al conjunto de actuaciones individuales en la sociedad, tomando las más diversas formas. Por ejemplo, nada en la mentalidad liberal debería oponerse a la libertad de asociación colectiva, mientras la pertenencia a un grupo sea totalmente voluntaria, no signifique limitar la libertad de otras personas y no se limite el derecho a retirarse en el momento que cada persona así lo decida.

LA CONSTRUCCIÓN LIBERAL EN LA HISTORIA.

Como queda dicho, la idea liberal surge en Europa en momentos que el naciente sistema capitalista comienza a enfrentar las limitaciones que le impone el orden feudal; todo su desarrollo teórico y sus propuestas de ordenamiento social reflejan las condiciones concretas en que nace y comienza su desarrollo: Énfasis en las libertades individuales, ante un poder absoluto que abarca todos los ámbitos de la vida social; énfasis en el derecho de propiedad ante una monarquía que consideraba seres humanos y bienes indistintamente como parte de sus propiedades.
Llegado el momento de su aplicación histórica y concreta, el Liberalismo debió instalarse también sobre sociedades que no habían pasado por la experiencia feudal ni por la confrontación entre la nobleza y la burguesía. Es el caso de la sociedad estadounidense, en que diversos desarrollos teóricos nos muestran como una sociedad instalada prácticamente a partir de cero, en un territorio virgen de adversarios y de tradiciones. Evidentemente, por adversarios se entiende las viejas aristocracias europeas, sustentadas en sus riquezas acumuladas por siglos y el respaldo ideológico de la religión. La presencia de habitantes originarios a los que no se les reconoció ninguno de los más elementales derechos no es parte de este análisis.
Es también el caso de las sociedades latinoamericanas, en particular de la chilena, con posterioridad a la independencia de España. En este caso diferentes escuelas historiográficas se confrontan, desde las que explican la separación de España como un proceso de independencia, hasta aquellas que la reducen a una especie de conflicto interno o guerra civil entre diferentes sectores de una misma sociedad hispánica. Sin embargo, todas ellas coinciden en la descripción de la relativa homogeneidad de las elites que se apropiaron del poder ante la retirada (o la derrota) del poder español.
En Chile, como en los Estados Unidos, la república no se constituye en la lucha entre nobles monarquistas y burgueses liberales, sino que se constituye a partir de una elite dominante, “un solo grupo social dividido por diferentes percepciones en el plano político” , que adopta el liberalismo como filosofía de constitución y legitimación de su poder. En Chile no existía, en la época de la independencia y las décadas posteriores, una burguesía industrial en oposición a una aristocracia tradicional; el sector más poderoso de la elite nacional era el de los terratenientes, apegados a la tierra y a los valores que esta propicia, aunque acumulen su riqueza principalmente en el comercio regional. Incluso más tarde, cuando se formen fortunas basadas en la industria o la minería, los valores de sus dueños serán los de esta aristocracia y la más cara aspiración de estos poderosos será adquirir tierras y asimilar su forma de vida al tradicional modo señorial.
Pero incluso los sectores más conservadores de la sociedad chilena, reacios a romper con la Corona española y católicos observantes, no pueden oponerse a la aplicación de los principios liberales en la conformación del nuevo estado. Aunque sólo sea porque les proporciona una serie de herramientas útiles para oponerse a la autoridad de la monarquía, deben aceptar la difusión de ideas que no les agradan, como la igualdad ante la ley y la libertad de pensamiento y de expresión. El proceso de construcción del nuevo Estado no transcurre sin incidentes, pero la discusión política en Chile entre pipiolos y pelucones nunca cuestiona los principios centrales del Liberalismo, el estado republicano, el derecho de propiedad y las libertades individuales. Libertades limitadas, por supuesto, al igual que en el caso de los Estados Unidos, a los descendientes de europeos, ignorando totalmente los derechos de las sociedades originarias del continente.

22
Jul
08

ECOLOGÍAS DIVERSAS.

ECOLOGÍAS DIVERSAS.

” El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de valores de uso, ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza del trabajo del hombre.”
Mientras existan hombres, la historia de la naturaleza y la historia de los hombres se condicionan mutuamente”.
Carlos Marx

El concepto de Ecología es, en realidad, un amplio campo conceptual. En él se encuentran los que intentan comprender la relación de la humanidad con el medio ambiente desde distintas disciplinas científicas, junto a los que lo sienten como un ámbito puramente espiritual y los que se comprometen con diversas causas locales o limitadas, la defensa de ciertas especies amenazadas, ciertos paisajes prístinos.
Un campo tan extenso, en que se puede llegar con enfoques económicos, sociales, religiosos y culturales tan diversos es, por definición, un campo de relaciones sociales. En él, salvo los pocos ecologistas que se limitan a actitudes individuales, la mayoría viene con  proyectos y propuestas de transformación social que, a su modo de ver, cumplen mejor con la exigencia de considerar el cuidado del medio ambiente como parte del desarrollo humano. Es así como la Ecología se convierte en un ámbito más de la lucha política.
Dominante hasta ahora es el enfoque conservador, y utilitario, de las relaciones del hombre con la Naturaleza; éste enfoque se perpetua en los acuerdos de las grandes potencias frente a la evidente crisis medioambiental que vivimos. Ante la imposibilidad de seguir ignorando la situación, comienzan también a aparecer las propuestas tecnocráticas de ciertos gobiernos y organizaciones no gubernamentales, que instalan comisiones o crean instancias especializadas para considerar el impacto ambiental de las actividades humanas, particularmente aquellas de tipo industrial.
La gran ausente en toda esta discusiones es la voz de los países más pobres y los sectores de menores ingresos, generalmente los más afectados por las consecuencias ambientales del crecimiento a cualquier costo. En algunos casos callan por simple desconocimiento de las consecuencias, para la vida humana, de los daños al medio ambiente; en otros, por no tener la fuerza para oponerse a los proyectos dañinos. En la mayoría de los caso, se mantienen al margen porque sus capacidades de movilización se emplean en objetivos más inmediatos y urgentes, como la simple supervivencia.
En ese vacío, se impone como la única Ecología posible una de tipo liberal supuestamente progresista, que busca combatir los peores exceso del sistema sin poner en cuestión sus fundamentos. Es la Ecología que nos advierte del peligro para la vida en la tierra y la necesidad de salvar el planeta que todos compartimos. Es la que nos propone con carácter de urgencia dejar de usar bolsas plásticas, o cambiar nuestras ampolletas por unas de mejor tecnología, mientras siguen los estudios para la construcción de centrales nucleares o se mantiene un sistema de transporte público deficiente, que promueve el aumento del transporte privado..
Pero si este tipo de política ecológica nos parece insuficiente, en algunos casos incluso irrelevante, entonces surge la pregunta por una verdadera política de izquierda ante el desastre ecológico. Porque la crisis ecológica existe, y es una amenaza real para los sectores sociales que la izquierda pretende representar. El que esos propios sectores desconozcan la amenaza que los afecta, o que no tengan la capacidad de enfrentarla en lo inmediato, no hace sino aumentar la responsabilidad de quienes están más informados.
De la manera que hasta ahora los medios de comunicación tratan el problema ambiental, lo convierten en una amenaza vaga, de infinitas manifestaciones, en que todos somos un poquito responsables y cada uno, en su propio cotidiano, debería tratar de ayudar a resolver. Habría que, entonces, comenzar por precisar el problema y separar las variables fundamentales de aquellas más episódicas. Debemos afirmar que la crisis ecológica que nos amenaza no es un desastre natural e inevitable. Es una consecuencia de un modelo económico egoísta e irresponsable, de decisiones tomadas por personas informadas de las consecuencias de sus actos.
No se trata sólo de una amenaza al planeta y a la vida sobre la Tierra en algún futuro, más próximo o más lejano. Desde los tiempos en que la humanidad vivía bajo la amenaza de una guerra nuclear entre las grandes potencias, sabemos que, incluso en ese caso extremo,  la Tierra, y la vida sobre ella, continuaría existiendo, aún sin la humanidad; tal vez como insectos, bacterias y otras formas similares, pero habría vida. El desastre ecológico se trata de la vida de millones de seres humanos, que hasta ayer, hasta hoy, estaban vivos y ya no lo están más, o sobreviven en condiciones miserables, se trata de los millones que seguirán sufriendo mientras el sistema no cambie.
Una ecología humanista, de izquierda, es, entonces, una ecología que se preocupe de la humanidad, en el doble sentido de la especie humana y en el de poner en el centro de las decisiones colectivas el interés de los seres humanos reales y concretos.

ECOLOGÍA LIBERAL.

El año 1998 fue creado el panel intergubernamental para el cambio climático, más conocido por su siglas en inglés, IPCC; debería ser un cuerpo científico, convocado por la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Desde entonces se ha convertido en una autoridad mundial, que ha publicado cuatro informes generales y una serie de investigaciones parciales. Del conjunto, queda absolutamente claro que la humanidad enfrenta una crisis de grandes proporciones, a causa de los cambios climáticos originados, sin ninguna duda, por las actividades humanas, crisis que debería ser enfrentada con una serie de medidas urgentes, que el mismo panel propone.
Veinte años después de comenzados estos estudios y con cuatro informes publicados, en la reunión de G-8 (el grupo de los 8 países más industrializados del mundo), de comienzos de 2007, el máximo acuerdo que se logró fue el siguiente:

“Estamos determinados a realizar claras y decididas acciones para frenar el cambio climático, en orden a estabilizar las concentraciones de gases de efecto invernadero en un nivel que debería prevenir peligrosas interferencias de origen humano con el sistema climático.
Tomando en cuenta el conocimiento científico representado en el reciente informe del IPCC, las emisiones de gases de efecto invernadero deben dejar de crecer, para continuar con sustanciales reducciones de las emisiones globales.
Al definir una meta para la reducción de emisiones, en este proceso que incluye todos los mayores emisores, consideraremos seriamente las decisiones tomadas por la Unión Europea, Canadá y Japón, que incluye reducir, al menos a la mitad, las emisiones globales para 2050”.

Es decir, después de una vaga declaración de intenciones acerca de uno de los más  graves problemas ambientales existentes, lo más que los países ricos están dispuestos a hacer es reducir a la mitad las emisiones para dentro de cuarenta años. Parece una broma estúpida, pero es la dolorosa realidad. Lo que se nos está diciendo es que no están dispuestos a reducir sus niveles de consumo o enriquecimiento, aunque el mundo entero reviente.
No se puede decir que no están informados, o que no tienen alternativas. Podrían haber escuchado, por ejemplo, a alguien tan poco sospechoso de ser un activista radical como Al Gore , ex vicepresidente de los Estados Unidos, ganador, junto con el IPCC, del Premio Nóbel de la Paz ese mismo año 2007, por su película “Una Verdad Inconveniente”; en la fundamentación del premio, se dice que se le otorga por ”sus esfuerzos por instalar y difundir una mejor comprensión del cambio climático causado por el hombre, y sentar las bases de las medidas necesarias para contrarrestar ese cambio”. Tan en serio se toma la propuesta de Al Gore que en algunos países, como Gran Bretaña, su película se distribuye en los colegios.
Su película se limita apenas a los efectos del dióxido de carbono (CO2), una de las moléculas causantes del llamado “efecto invernadero”, y no plantea la menor alteración del actual modelo neoliberal de explotación económica de la Naturaleza y de la humanidad,. Sin embargo, tiene el valor de haber llamado la atención sobre el problema del cambio climático en su país, el principal depredador de recursos y contaminador del medio ambiente en la actualidad.
Al Gore hace una buena demostración de los efectos del calentamiento global y nos advierte de los riesgos para el planeta, que es una manera de no decir que los riesgos no son los mismos si uno vive en un país pobre o en uno rico, ni tampoco son los mismos si uno es pobre o rico dentro de cada país. No hay una palabra en ella para la necesidad de cambios estructurales, sino una serie de pequeñas medidas individuales que nos alejarían de la catástrofe. Incluso, se afirma que es la misma industria  la que puede, a través del desarrollo de nuevas tecnologías, contribuir al cuidado del medio ambiente.
Entre las medidas que nos propone, figura en primer lugar el cambio de hábitos en el uso de las nuevas tecnologías, ya que, por sus características, ellas multiplican el impacto humano en la naturaleza. Otras medidas  son, tal vez, pertinentes en los Estados Unidos, pero demuestran que Al Gore no tiene la menor idea cómo funcionan las “democracias” impuestas en el resto del mundo: Nos invita a firmar peticiones y solicitudes a nuestros representantes en los Parlamentos …
Las principales acciones que propone son cambios en los hábitos de consumo, como el uso de termostatos, ampolletas de ahorro de energía, comprar productos frescos en lugar de congelados, orgánicos en lugar de tratados con fertilizantes, etc. Nuevamente, uno se pregunta por la factibilidad de estas medidas para los pobres de los países dependientes, que ganan, con suerte cuando tienen trabajo, apenas lo necesario para sobrevivir. Ni una palabra sobre las abismantes diferencias de ingreso y de consumo entre los países ricos y pobres, o alguna medida real para acortar esta brecha; ninguna medida que contemple la organización y participación colectiva de los sectores más afectados, ni una medida que toque los sacrosantos intereses del gran capital.
Sobre la responsabilidad que se le atribuye en la película al crecimiento demográfico, mayor en los países pobres, es mejor no profundizar. Tanto porque es una manera de culpar a la víctima, como porque no queremos imaginar la solución que se le puede dar, en el corto plazo, al exceso de población. Tenemos suficientes experiencias históricas de eliminación de poblaciones indeseables como para no considerar con un poco de temor las consecuencias de este razonamiento del “progresista y ecológico” Al Gore.

MARXISMO Y NATURALEZA.

Por supuesto, no intentaremos demostrar aquí que en los escritos de Marx y Engels se encuentran las  respuestas a problemas que aún no se conocían en su tiempo. Más que recetas y soluciones, lo que estos pensadores nos legaron es un método de analizar la realidad, una éticas de las relaciones de los seres humanos entre si y, como intentaremos demostrar, una ética de las relaciones de los seres humanos con la Naturaleza.
Marx dice en “La Ideología Alemana”: “Se puede considerar la historia desde dos puntos de vista, dividiéndola en historia de la naturaleza e historia de los hombres. Sin embargo, no debemos dividir estos dos aspectos. Mientras existan hombres, la historia de la naturaleza y la historia de los hombres se condicionan mutuamente” . Aunque, claro, el condicionamiento de la Naturaleza por los hombres es mucho más activo, ya que la producción es “apropiación de la naturaleza a manos del individuo en el seno de una forma social determinada y mediante ella”; “La naturaleza se transforma en puro objeto para el hombre, en pura cosa utilitaria; deja de ser reconocida en tanto potencia para sí. Y el mismo conocimiento teórico de sus leyes autónomas aparece solamente como argucia para someterla a sus propias necesidades, sea como objeto de consumo o como vehículo de producción” .
Las palabras de Marx y Engels pueden sonarnos premonitorias sólo si consideramos los desastres medio ambientales como una consecuencia de la intensidad, aportada por la moderna tecnología, en la explotación del medio ambiente natural. Pero en realidad   sus conclusiones surgen de un análisis de la historia, no de un intento metafísico de adivinar el porvenir. En una época en que la burguesía triunfante creía haber descubierto el secreto del control sobre el mundo natural, Engels nos advierte:

“… no nos dejemos llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de estas victorias, la naturaleza toma su venganza. Bien es verdad que las primeras consecuencias de estas victorias son las previstas por nosotros, pero en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuencias muy distintas, totalmente imprevistas y que, a menudo, anulan las primeras. Los hombres que en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones talaban los bosques para obtener tierra de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar con los bosques los centros de acumulación y reserva de humedad, estaban sentando las bases de la actual aridez de esas tierras. Los italianos de los Alpes, que talaron en las laderas meridionales los bosques de pinos, conservados con tanto celo en las laderas septentrionales, no tenía idea de que con ello destruían las raíces de la industria lechera en su región; y mucho menos podían prever que, al proceder así, dejaban la mayor parte del año sin agua sus fuentes de montaña, con lo que les permitían, al llegar el período de las lluvias, vomitar con tanta mayor furia sus torrentes sobre la planicie. Los que difundieron el cultivo de la patata en Europa no sabían que con este tubérculo farináceo difundían a la vez la escrofulosis. Así, a cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas adecuadamente.”

En estas últimas frases encontramos la esencia de la concepción marxista de las relaciones de la especie humana con la naturaleza así como la base sobre la cual construir una política marxista para el medio ambiente y frente al desastre ecológico generalizado que enfrentamos: “nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno”. Por lo tanto no podemos tratarla como si fuera un mecanismo  con una pieza descompuesta. Somos parte de los procesos vivos de la Naturaleza y, por lo tanto debemos lograr un desarrollo armonioso de todos sus elementos, o arriesgarnos a perecer en el reordenamiento a que la estamos obligando.
Lamentablemente, la respuesta de izquierda ya no es tan simple como lo hubiera sido hace algunos años. El socialismo, tal como fue puesto en práctica en el mundo durante el siglo XX, demostró ser tan capaz como el capitalismo de provocar desastres ecológicos. Aún hoy, el gobierno chino, en nombre de un socialismo mezclado de capital y gran empresa, es responsable de gran parte del desastre medioambiental que estamos viviendo. La lógica productivista de ambos sistemas, que identifica el bienestar humano con una mayor cantidad de mercancías disponibles, es incapaz de asegurar el respeto al medio ambiente  ni su conservación para las generaciones futuras.
Evidentemente, no es éste el lugar para hacerlo, pero la necesidad de enfrentar el desastre ecológico que nos amenaza, y la supervivencia misma de la Humanidad, nos obliga a pensar en un nuevo ordenamiento social, político y económico, que recoja lo mejor de la tradición humanista socialista, pero que tenga como finalidad última la realización plena del conjunto de la Humanidad y no la simple acumulación de bienes.

22
Jul
08

COMENTARIO A UNA DEFINICIÓN DE LA HISTORIA

“La economía colonial tenía tres bases: La agricultura, la minería y el comercio. La mayor riqueza venía de la explotación de las minas de oro y plata, como la de Potosí en Bolivia y la de Zacatecas en México. Los cultivos de algodón y los ingenios de azúcar también fueron de gran importancia, especialmente en el Caribe y Brasil. Los españoles y los criollos eran los propietarios y administradores de las tierras, mientras que los indígenas y los esclavos africanos eran la mano de obra, tanto en las minas como en los cultivos agrícolas. Era típico de los colonos españoles considerar indigno el trabajo físico, como lo declaró Hernán Cortés al llegar a América: “No he venido a arar la tierra como si fuera un campesino”. Esta tradición de mantener una minoría privilegiada en el poder político y una mayoría pobre dedicada al trabajo agrícola y manual está todavía hoy arraigada en la organización social de la mayoría de los países latinoamericanos.”
(Enrique Yepes, “Historia de América”, 2001)

INTRODUCCIÓN.
Se podría decir que don Enrique Yepes ha realizado un brillante esfuerzo, al resumir tres siglos de historia de un continente en apenas un largo párrafo. En él enumera los elementos básicos de la economía junto a las relaciones sociales que sobre ella se tejen, define rasgos característicos del espíritu de los conquistadores y colonizadores, y en ellos encuentra las raíces de la constitución y problemas actuales de nuestros países.
Como toda afirmación positiva de conocimiento, nos deja con la impresión de que ya está todo dicho, y poco más podemos agregar, que pueda aumentar nuestra comprensión de esta extensa y compleja época. La pregunta directa sobre la veracidad de sus afirmaciones nos llevaría a una estéril, desde el punto de vista de la Historia, confrontación con su percepción personal; lo que él afirma es, sin duda, verdadero, y no tiene sentido enfrentarse a hechos establecidos de larga data.
La pregunta legítima, y que mantiene viva su urgencia ante cada evento histórico, es el porqué de las formas que él toma, qué influencias, de todas las presentes en su génesis, fueron esenciales a su desarrollo y cuáles tuvieron sólo un rol secundario. En un segundo momento, se plantea la cuestión – esencial pues es la que da todo su sentido a la investigación histórica – acerca de qué componentes del hecho histórico han ejercido una influencia decisiva en la forma del presente y cuáles pueden quedar en el registro de la anécdota; dicho esto sin menospreciar este componente del relato, que ilumina y grafica las grandes tendencias que el historiador intenta articular.

FACTORÍA O COLONIA.
Quizás podríamos comenzar preguntándonos, en primer lugar, porqué hubo una colonia y una economía colonial. Es raro, si existe, el evento histórico que se pueda considerar determinado e inevitable desde su origen. Mucho antes que los españoles llegaran a América, los portugueses tenían una línea de factorías comerciales a lo largo de la costa africana y el Océano Índico; llegaron incluso a participar en conflictos internos y guerras locales en los países en los cuales se instalaron, pero no crearon nada parecido al imperio español:
“Albuquerque nunca cargó con la responsabilidad y gasto de adquisiciones territoriales a menos que ellas contribuyeran directamente a las necesidades de la flota. En todos los puertos poseídos por los portugueses, los lugares de las fortalezas estaban aparte y contenían los arsenales, depósitos, cuarteles y las habitaciones de los residentes europeos” .
Las instrucciones de Colón para su primer viaje apuntaban más a la instalación de una factoría en el estilo portugués, desde la cual comerciar con los habitantes de las nuevas tierras, intercambiando sus soñadas riqueza por las manufacturas europeas, que a la ocupación y colonización de un continente:
“Item, que todas y cualesquiera mercaderías, siquier sean perlas preciosas, oro o plata, especiería y otras cualesquier cosas y mercaderías de cualquier especie, nombre y manera que sean que se compraren, trocaren, hallaren, ganaren y hubieren dentro de los límites del dicho almirantazgo, que desde ahora Vuestras Altezas hacen merced al dicho D. Cristóbal, y quieren que haya y lleve para sí la décima parte de todo ello” .
Nada se dice en las Capitulaciones acerca de la instalación de colonias, ni otras actividades fuera de las propiamente comerciales. Habría que ponerse en el lugar de estos “descubridores”, al no encontrar ni India ni Catay, sino sólo algunas islas pequeñas y pobres, desde su punto de vista. Lo menos que podemos decir es que supieron adaptarse y sacar provecho de lo que su dios o su fortuna pusieron en su camino.
Colón había demostrado ya con creces ser un hábil comerciante y negociador. Desde el primer informe sobre su viaje, destaca lo único que podía destacar en esos momentos, la docilidad y buen aspecto de los indígenas encontrados, la perspectiva de pueblos que cristianizar y manos para hacer trabajar. Si lograba vender esta idea, tendría al menos una tierra que justificara sus títulos, además de una base avanzada y mejor preparada, desde la cual continuar la búsqueda del paso a las Indias y las riquezas tan deseadas.
Tal vez podamos ver en este accidente histórico el origen de la construcción de un imperio colonial español; habría que agregarle, ciertamente, algunas características propias de la sociedad ibérica de fines de la Edad Media: Una sociedad que venía saliendo de siglos de guerra (de tres a ocho siglos, según las regiones), encuentra en esas nuevas tierras el espacio y la razón para mantener el espíritu de cruzada que le dio la cohesión y la fuerza para constituirse. “La Reconquista” se nos dice que fue “Una empresa de colonización permanente, a la vez que una guerra santa. La sociedad medieval española se fundó sobre esa necesidad de expansión, y sobre ese impulso de fe” .
Pero ese espíritu de cruzada no es una característica peculiar de los nativos de España, sino que encuentra su origen en algunos factores materiales de su desarrollo: “un país pobre y de población creciente”, nos dice el mismo autor , y en el que la guerra y la costumbre del mayorazgo había originado un amplio segmento social ”que no tiene razón de ser más que en el combate ”: Hidalgos e hijos menores de las grandes familias, serán quienes “constituirán los ejércitos de Flandes y de Italia, quienes realizarán la “Conquista” de las Indias” .
Una población pobre, creciente, aventurera, y una tierra enorme , inexplorada, en que no se encuentran poderosos imperios guerreros como los que dominan Tierra Santa o la India. Una época histórica en que, a pesar de todos los avances del mercantilismo, aún la honra y la riqueza se vinculan a la posesión de tierras y siervos para trabajarlas. He aquí, probablemente, los elementos constitutivos del impulso colonizador de España en América.

CONQUISTA Y COLONIZACIÓN.
Cuando todos esos elementos estuvieron reunidos, el asunto ya no era si colonizar o no, sino las formas que debería tener la ocupación permanente de las nuevas tierras, las normas que deberían seguir los hombres y mujeres que a ella vinieran. Tratándose de situaciones nuevas y territorios desconocidos, la institucionalidad española en América no fue establecida de una sola vez, sino que pasó por un proceso de desarrollo y experimentación que condujo a tres siglos de una estable sociedad.
Durante todo ese período se mantuvo una característica fundamental de la legalidad española, el predominio absoluto de la voluntad real; con tanta más razón que éstas eran propiedad exclusiva de las coronas de Castilla y de León, por concesión del Papa Alejandro VI a través de Bula Inter Caetera, de 4 de mayo de 1493, pero el viaje de Colón fue realizado con financiamiento personal de la reina de Castilla, que aseguró así para su trono el disfrute de lo encontrado. “En los siglos XV y XVI, el gobierno de Castilla se iba convirtiendo rápidamente en una monarquía patrimonial absoluta”, se nos dice , “Toda ley emanaba del Estado. Y en España, (. . .) el rey se convirtió en el único beneficiario de los nuevos conceptos políticos.” .
Por supuesto, la aplicación de esas normas en las nuevas tierras fue aún más fácil, considerando que los primeros en venir a ellas no fueron los grandes nobles y poderosos señores, sino soldados, aventureros y comerciantes en búsqueda de una fortuna que hasta entonces no tenían, ni se reconocieron normas o jurisdicciones anteriores de sus habitantes originarios. América era “una tabula rasa sobre la cual los soberanos españoles podían imprimir su propia concepción de la aristocracia real” .
Aunque no se viera en la necesidad de justificar sus actos ante las sociedades precolombinas ni ante sus propios súbditos, la corona de España estaba preocupada de otros imperios que sí podían cuestionar sus derechos. Por eso, otra característica permanente desde el origen de la dominación castellana, es la de respaldar cada paso que diera con un documento jurídico que lo legitimara. Desde las bulas papales para respaldar su derecho a la ocupación de las nuevas tierras, pasando por el Requerimiento que se suponía debían conocer los indios antes de aceptar el dominio español, hasta la confirmación real del último funcionario durante los tres siglos de la colonia.
Tras un breve, considerando las distancias y la lentitud de las comunicaciones de la época, período de experimentación y conflictos, ya la corona definía normas y principios que regirían durante los tres siglos siguientes. En septiembre de 1501, Nicolás de Ovando fue designado gobernador con amplios poderes sobre los nuevos territorios y establecía “principios de gobierno que se cumplirían durante tres siglos de administración colonial.” Con las autorizaciones para la prospección minera, el trato con los nativos, el régimen tributario y las normas sobre evangelización, las bases de la economía colonial quedaban establecidas.
Para esas alturas, la corona había comprendido que el oro y las riquezas existían, pero no estaban en manos de una sociedad dispuesta a intercambiarlas por otras mercancías; había que ir y sacarlas de la tierra, lo que exigiría tiempo y trabajo, para lo cual era esencial la colaboración de la población nativa. No sólo porque los pequeños nobles castellanos consideraban indigno ensuciar sus manos, sino porque había, en primer lugar, que saber dónde buscar; para explotar las minas no habrían suficientes brazos, aún bien dispuestos, entre los españoles, y enseguida, sacar y transportar esa riqueza bajo constante hostilidad no habría sido rentable. Tampoco el cultivo de la tierra y el aprovechamiento de los novedosos productos de la agricultura tropical podría hacerse sin la participación o en contra de la voluntad de la población local.
Así pues, se constituye todo un sistema económico articulado, que explotaría las enormes riquezas naturales de América para provecho de la corona de Castilla:
“La colonización se orientó esencialmente hacia la constitución de sistemas productivos destinados a abastecer el mercado europeo con metales precisos y productos tropicales (alimentos de lujo, materias primas). Se crearon diversos núcleos exportadores y a su alrededor se articularon en seguida otras zonas productivas, subsidiarias, secundarias o marginales” .
Este sistema se componía básicamente de una red de ciudades, “centros de control para las incursiones en busca de mano de obra indígena y tributos” y para la “implantación de una jurisdicción” . Junto a ellas, pronto se encontraría la red de yacimientos mineros que serían la fuente de las mayores riquezas: “El saqueo de los tesoros indígenas y el oro de aluvión dio paso, a mediados del siglo XVI, a la minería del oro y, sobre todo, de la plata. No es exagerado afirmar que todo el sistema imperial español estuvo volcado hacia la producción, el transporte y la protección de la plata” . En la década de 1530 se habían descubierto ya los principales yacimientos en México y Nueva Granada, y entre 1540 y 1555 los de Chile y Perú, incluyendo el mayor de todos, Potosí en 1545.
Es vinculada a ellas que comienza la explotación agrícola y ganadera en gran escala: “Las grandes haciendas parecen haberse desarrollado como unidades integradas dentro de los mercados de las áreas circundantes de los centros mineros y político-administrativos” . Se crea así un doble circuito económico, uno de plata y otros productos propios del suelo americano hacia España, complementado con el ingreso de manufacturas de origen europeo a América; el otro, interno, de productos alimenticios, textiles y artesanales, de regiones cercanas hacia los yacimientos mineros y las grandes ciudades, a cambio de plata y productos importados, que con más facilidad se obtenían en esos centros.
Claro que este intercambio no era equitativo,”España recibe mucho más de lo que envía”, se nos afirma, citando los estudios de Álvaro Jara en que compara las curvas de exportación de plata americana con las de retorno de manufacturas europeas . Tampoco internamente en América era un negocio equitativo, “Se trató desde el principio de un negocio concentrado en pocas manos” .

CONCLUSIÓN.
Nada hemos encontrado en esta breve revisión de textos que nos lleve a cuestionar la descripción que don Enrique Yepes hace de la economía y la sociedad latinoamericana colonial. Pero tampoco encontramos en ellos elementos que nos permitan sostener que fuera una peculiaridad del carácter español el “considerar indigno el trabajo físico”, o una “tradición” el mantener una extremadamente desigual distribución del poder y la riqueza. Nada nos impide pensar que, enfrentados a circunstancias diferentes, los españoles no se hubieran puesto al trabajo duro con la misma energía y decisión que habían puesto en su guerra contra los árabes.
Pero las circunstancias fueron lo que fueron, y la superioridad tecnológica, experiencia militar y diferente resistencia a las enfermedades, permitieron a los escasos españoles llegados a América dominar, diezmar y someter a las poblaciones locales. Durante tres siglos impusieron, por la fuerza que les daba ese conjunto de superioridades, un modo de explotación de las riquezas tremendamente injusto, y una legislación e institucionalidad que cautelara esa desigualdad.
Cuando se produce la independencia de América Latina, quienes dirigen el proceso no son los sectores sometidos y explotados por el dominio español, sino un parte de los mismos beneficiarios del sistema, que se sentían perjudicados en el reparto de la riqueza extraída por las manos de indios y negros. Ellos están dispuestos a morir por la separación de España, pero no están dispuestos a cambiar las relaciones sociales viejas de tres siglos en las nacientes repúblicas. Menos de dos siglos después de esa independencia, la tensión sigue siendo similar, entre quienes se apropiaron de todo por la fuerza y quienes lo perdieron todo y nunca pudieron decidir.

22
Jul
08

LA CONSTITUCIÓN DE 1925.

LAS CONSTITUCIONES.

La elaboración de la Constitución Política de 1925 marca un hito en la organización del Estado y la sociedad en Chile. A lo largo del proceso, la gran mayoría de las fuerzas organizadas, movimientos sociales, gremios profesionales, sindicatos obreros, fuerzas armadas y partidos políticos de todas las tendencias, se movilizaron para participar y presentar sus propuestas; el conjunto de la sociedad intentó expresar, de una forma o de otra, su idea acerca del tipo de carta fundamental que debía regir el porvenir de la república.
Habría que intentar dar cuenta, aún brevemente, de la importancia otorgada a este cuerpo legal, en una sociedad en que vastos sectores habían sido excluidos o se habían mantenido alejados de la actividad política institucional. Y es que la Constitución Política es el emblema más claro de la república burguesa y liberal, nacida del derrumbe definitivo del orden feudal en la segunda mitad del siglo XVIII. A diferencia del antiguo orden, que encontraba su legitimidad en el origen divino de la soberanía del monarca, la república se funda sobre la base del pacto social; este acuerdo hace radicar la soberanía en los ciudadanos, que renuncian a algunos de sus derechos a favor de un gobierno dotado de facultades para velar por el bien común. Este pacto se expresa en un acuerdo o ley fundamental, la Constitución de la República.
Desde la primera constitución escrita que conocemos, la Constitución de los Estados Unidos, aprobada en 1776, aún antes de la Revolución Francesa, en ellas se garantizan los derechos de los individuos frente al poder del Estado y se establecen los deberes del Estado ante el conjunto de la sociedad. Es en relación a los objetivos y límites que ella fija que se deben medir y evaluar todas las leyes y acciones de los ciudadanos y del gobierno de ahí en adelante. Por eso, la renovación de la Carta Fundamental es el momento en que el conjunto de los derechos vuelven a la nación para ser reconsiderados. Es, en suma, un momento fundacional, o refundacional, del Estado y del pacto social entre los ciudadanos que lo fundamenta.

DIVERSAS CONSTITUCIONES.
El momento en que se pone en el centro de las preocupaciones de la república la discusión de la norma fundamental, es el momento político por excelencia, nos dice Alejandra Castillo : “Distorsión y torsión de la política por la irrupción de una “parte no parte” que exige, mediante la toma de palabra su reconocimiento en la estructura universal de la ley”.
Sin embargo, este episodio fundamental de nuestra vida republicana sigue rodeado de misterio, aún después de leer los relatos y análisis elaborados por los representantes de los más diversos sectores. Un proceso largo de desacreditación, progresiva y sistemática de “las clases políticas civil y militar”, que se remonta al “desencanto de los artesanos de mediados del siglo XIX frente al efímero desarrollismo populista de los políticos liberales”, nos dice don Gabriel Salazar .
“En ese mismo semestre”, nos dice Gonzalo Vial, desde la óptica historiográfica contraria, reduciendo en el tiempo y en la autoría la génesis de la Carta, “el “León” cumplió una obra titánica: producir intelectualmente y hacer aprobar una nueva Constitución…contra una oposición casi unánime del stablishment político.”
Esta visión heroica de la Historia, de los grandes hombres que transforman sus circunstancias por obra de sus extraordinarias capacidades, ha sido más de una vez desmentida por los hechos. Nadie negará el carisma y la fuerza de voluntad de don Arturo Alessandri, ni sus habilidades para tejer alianzas políticas; pero sin duda la causa de una decisión tan difícil y arriesgada, como es poner en cuestión las bases mismas del ordenamiento constitucional, debe estar en elementos más profundos y trascendentes que la voluntad del líder.

ALGUNOS ANTECEDENTES.
Quizás sería útil levantar la mirada más allá de las fronteras, o el contexto construido a lo largo de los años previos, sin ir tan lejos, quizás, como el maestro Salazar. La década del 20 está marcada por al menos tres fenómenos de gran trascendencia, íntimamente entrelazados: El término de la “Gran Guerra”, la Primera Guerra Mundial, el fin previsible del ciclo del salitre, tras la aparición del producto sintético en Alemania, y la Revolución Rusa.
El desarrollo de la guerra en Europa había alterado todos los mecanismos de reproducción del capital en el mundo. El tipo de mercaderías producidas hasta entonces debió dar paso a aquellas necesarias para el esfuerzo militar; los circuitos del comercio internacional se vieron alterados ante los riesgos que implicaba el transporte marítimo; extensos territorios, mercados cautivos y fuentes de materias primas para la industria europea, cambiaron de manos. La economía a nivel mundial comenzó a pasar por sucesivas crisis, que culminarían en 1929 con la caída de la Bolsa de Nueva York. Esta época marca el fin de un tipo de funcionamiento de la economía, el modelo liberal clásico, que no preveía elementos correctores externos para la economía; a partir de entonces, los estados comienzan a jugar un papel cada vez más importante en la conservación de los equilibrios económicos.
El salitre había sido para Chile lo que es actualmente el cobre, el origen de casi la mitad de los ingresos del estado. Sin embargo, el efecto combinado de las dificultades de transporte impuestas por al guerra y la introducción del salitre sintético, había provocado una violenta caída de las exportaciones entre 1915 y 1920, y desde entonces hasta el 25 se encontraban prácticamente estancadas en el nivel de ese último año. Aún tendrían un repunte entre 1925 y 1930, pro para el año 32 ya habían perdido gran parte de su relevancia para el comercio exterior chileno. Por supuesto, estos ciclos estaban en conocimiento de los capitalistas y gobernantes chilenos, lo que no quiere decir que tuvieran alguna capacidad de preverlos o de reaccionar en forma oportuna y adecuada a ellos. Lo que sí se generaba era un clima de inquietud e inestabilidad ante el estancamiento del gasto público, que había crecido a la par de las exportaciones, alimentando la economía interna.
Por último, las luchas sociales comenzadas a fines del siglo XIX no eran impermeables a los sucesos del exterior. Sobre todo entre los trabajadores del salitre, se había constituido un movimiento obrero fuerte y organizado, que ejercía su influjo sobre el resto del país; el aumento de la participación del Estado en la economía como resultado de los ingresos del salitre, se tradujo en un aumento del número de los empleados públicos, también fuertemente organizados, a los que se sumaban movimientos de artesanos, arrendatarios, el movimiento estudiantil y los primeros grupos feministas de alguna influencia. Este variado movimiento social había comenzado un nuevo ciclo de luchas, recuperándose de los efectos que había tenido la masacre de Iquique en 1907, y se veía fortalecido por la presencia de organizaciones políticas mejor organizadas y el ejemplo de la revolución de obreros, campesinos y soldados en Rusia.
Los trabajadores, los sindicatos y partidos chilenos tenían en ella un ejemplo y un modelo, la afirmación de que era posible tomar el poder y desplazar definitiva y totalmente a la burguesía. Para la burguesía, era una clara advertencia de los costos que podía tener una crisis política y económica como la que veían aproximarse, si era mal administrada. Probablemente, el exilio europeo del “León de Tarapacá” no sea ajeno a la importancia que él le dio al rediseño constitucional del país, ante el peligro conjunto de la crisis económica y la revolución social.
En ese contexto, nacional e internacional, en que eran tan importantes los hechos y las cifras concretas, como las expectativas y temores causados por el curso de los acontecimientos, observados, además, desde nuestro pequeño país dependiente, alejado de los centros de decisión de la época, es que hay que tratar de entender los orígenes y la forma en que se llega a la imposición de la nueva Constitución política de 1925.

GÉNESIS DE LA CONSTITUCIÓN.
Un capítulo totalmente aparte requeriría el estudio de la personalidad de don Arturo Alessandri Palma. Llamado “el Lenin chileno” por sectores de la derecha que veían en él a un demagogo peligroso, mientras que el movimiento social de las ciudades parecía adorarlo, sin que influyera en ello las masacres de trabajadores del salitre cometidas durante su mandato (San Gregorio en 1921, Marusia y La Coruña en 1925). Esa fabulosa capacidad de manipular a unos y a otros contribuye a crear la leyenda de su autoría, o por lo menos su influencia directa, en los sucesos previos y en el proceso de elaboración de la nueva Constitución.
Sin embargo, debemos recordar que no fue él, sino el movimiento militar que lo derroca y envía al exilio, el que pone en marcha el mecanismo de la renovación constitucional. Es la junta militar de septiembre de 1924 la que dicta una serie de decretos a favor de los trabajadores y convoca a una Asamblea Constituyente, la que nunca se hará. A pesar de la diversidad de miradas que nos proponen los historiadores que hemos leído, falta en ellos un análisis de lo que pensaban y esperaban los verdaderos dueños del poder y la riqueza, los industriales y banqueros del Club de la Unión, no los representantes enviados para defender sus intereses en el Congreso Nacional.
Salazar y Ortiz nos muestran un movimiento popular conciente, organizado y combativo, bastante lúcido para acordar una serie de principios constitucionales por sobre las diferencias que existían en su seno. Una variedad de grupos anarquista, movimientos propiamente sociales, como los arrendatarios, grupos feministas, el partido comunista y otros de tendencia socialista, todos participaron en la Asamblea de Asalariados e Intelectuales. Sin embargo, sólo los comunistas participan en la Comisión organizada desde la Presidencia de Alessandri, y ninguno de los tres autores menciona alguna contribución significativa de ellos a la discusión de la nueva Carta.
Desde el lado de los representantes del poder político, don Gonzalo Vial es quien nos cuenta con mayor detalle la variedad, ambigüedad y confusión de posiciones entre los representantes de la burguesía. Cuesta comprender, desde esta mirada, cómo se construye la alianza entre Alessandri y los militares que previamente lo habían derrocado, y cómo es que, en ese contexto, no se imponen las propuestas del movimiento popular, si no es observando lo que ocurre tras las bambalinas. Pero esa mirada nos está vedada.
Lo que podemos estimar, es que hay una suerte de acuerdo entre las partes en que lo que actualmente se denomina “clase política” venía en un continuo proceso de inadecuación y desprestigio. Probablemente, la sensación entre los magnates de la industria, el latifundio y la banca, fuera que los antiguos representantes parlamentarios, malacostumbrados, tras más de medio siglo de disputarse las fabulosas riquezas del salitre en nombre de su clase, no estuvieran en condiciones de enfrentar y superar un período en que la disputa política se trasladaba a un campo completamente diferente.
Necesitada de un poder fuerte y centralizado para enfrentar el difícil período que veían venir, e imposibilitada de alterar unilateralmente el ordenamiento político sin provocar una crisis de consecuencias imprevisibles, la oligarquía chilena, al parecer, optó por entregar los anillos para no perder los dedos, como se dice, y pactó con un caudillo demagógico, capaz de encantar o imponerse a todos los sectores, respaldándolo con la alta oficialidad del ejército, que nunca ha dejado de ser su argumento definitivo.
Del lado del pueblo, por el contrario, las expectativas creadas por la situación internacional y los avances logrados con los decretos laborales del movimiento militar del 24, no tenían relación con su capacidad política real; la clase obrera, columna vertebral alrededor de la cual debían articularse las demás fuerzas populares, seguía siendo escasa en número, concentrada fundamentalmente en las oficinas salitreras de la pampa nortina y duramente golpeada, justamente por el caudillo popular.
Tampoco la unidad manifestada en la redacción de los principios constitucionales en la Asamblea de marzo tuvo consecuencias para el conjunto del proceso. La participación de los comunistas en la Comisión propuesta por Alessandri, aunque no tuvo ninguna consecuencia práctica en la redacción de la constitución presidencialista, sirvió para legitimar la maniobra ante importantes sectores de la sociedad, dividiendo al movimiento popular ideológicamente disperso y dificultando cualquier intento de luchar contra ella o levantar una alternativa.
Una vez más, la burguesía había sacado las castañas del fuego con la mano del gato demagogo y la amenaza de la fuerza. Sería necesario otro medio siglo de luchas populares para poner nuevamente en jaque su poder, sólo que ésta vez el enfrentamiento se dio en un nivel mayor, que no dio espacio para maniobras demagógicas y el nuevo ordenamiento constitucional del Estado debió ser impuesta a sangre y fuego.
Casi 30 años después, comienzan a aparecer tímidos llamados a reformar la constitución pinochetista; la historia de Chile puede escribirse de Constitución en Constitución, lo que prueba que el valor de la carta fundamental no se restringe a un plano puramente jurídico y administrativo. Su valor simbólico como pacto fundacional de la nación la convierte en el elemento definitorio de la política, “el lugar de la universalidad propia a todo orden de representación”, como nos recuerda Alejandra Castillo.